ta de luz junto a la cama. No era posible. Tras ese momento de inquietud, a veces apagaba el velador, dejando nuevamente el dormitorio a oscuras, sensibilizado como estaba, era invadido por un ridículo temor generado por una supuesta e improbable presencia extraña en el lugar. Encendía nuevamente el velador, buscando constatar que allí no hubiera nada; y en efecto, no lo había. Luego, superado el extraño momento, regresé a la cama y me dormí con Tatiana en mi memoria. El día siguiente amaneció encapotado, era domingo, triste. Miré por la ventana, eran las 8 de la mañana. Algunos árboles dejaban caer sus hojas. Alisté mis cosas, y fue ahí que me di cuenta que no tenía mi gabán gris. Decidí ir a buscarla, era una excusa perfecta para encontrarme nuevamente con Tatiana. Luego del desayuno, salí hacia el barrio Los Aguacates en busca de la casa donde la noche anterior había dejado a esa hermosa mujer. Llegué al lugar, no vi a nadie y ante mis ojos solo había una casa deslucida, abandonada. De pronto, a mis espalda escuché que alguien me hablaba. Giré y saludé con amabilidad. Era un vecino del lugar. ¿Buenos días, busca a alguien?
Dijo con mucha cortesía Si, a una chica que vive acá. Contesté da.
En esa casa no vive nadie, hace muchos años que está abandona-
Un escalofrío intenso se apoderó de mí, y en cada momento aumentaba más y más; me sentí ligeramente descompuesto, supuse que era producto del miedo, quería escapar del lugar. Toda la familia que vivían en esta casa fallecieron hace muchos años en el naufragio del barco El Guayrá allá por el año 1946, en el alto Paraná. Ellos eran los dueños de esta casa. Nunca más nadie lo habitó. Ante mi sorpresa y sin mirar atrás quise salir corriendo desesperadamente del lugar buscando refugio, lo primero que vi fue entre los arbusto mi gabán gris y sin pensarlo dos veces lo tomé, todo sucedía como si fuera una pesadilla, hubo un silencio tétrico y por un momento, escuché una respiración jadeante cerca de mi cuello y vi la si-