anécdota de la carta, sabiendo que esta señora era muy solidaria y simpatizaba con los niños le preguntó si no le gustaría regalarle un barrilete al chico de la carta. Pero..., ¡Con todo gusto!, le contestó su vecina. El día de la Nochebuena, don Ernesto estaba muy contento. Después de la misa de las 6, salió rumbo a la casa de Pablito que vivía en una chacra, no muy lejos de su casa. Golpeó la mano y la mamá le abrió el portón, pidiéndole que por favor pasara y se comiera unas tortillas de acelga, cosa que don Ernesto hizo con mucho placer. Un Ángel te dejó este paquete en mi casa, le dijo don Ernesto al chico, que mirando el gesto de aprobación de su madre recibió el envoltorio, abrazando a don Ernesto, pero sin saber que había dentro de él.
¡Abrí!, le dijo la mamá. El chico entusiasmado lo abrió, gritó de la emoción y abrazó su regalo con todas sus fuerzas. Después se abalanzó sobre don Ernesto y su madre con lágrimas en los ojos, decía simplemente ¡Gracias!, ¡Gracias!... muchas veces. Pablito, al otro día escribió una cartita de agradecimiento para su Ángel, y lo dejó colgado en el limonero. El año siguiente, don Ernesto recibió no menos que 10 cartitas colgadas en su árbol de limón, esta vez no tenía idea de quienes eran, pero todos escribieron sus nombres, pero él sabía bien quién era quien. ¿Qué podía hacer don Ernesto con tantas cartitas? Despacito y con la gentileza que lo caracterizaba visitó a 10 vecinos o amigos dueños de almacenes que podían colaborar. Cada uno aportó un regalito moderado para esos niños. Fue así que don Ernesto cumplió con los regalos solicitados por los chicos. Por toda la colonia se escuchaban gritos de alegría de los niños en Nochebuena recibiendo sus regalos del Ángel de la selva Al año siguiente más de 20 cartitas colgaban del limonero de don Ernesto. Así, cada año la tradición continua.