tesoro escondido hasta un cofre con joyas de los invasores bandeirantes Alberto fue el primero en confrontar a Tomasito. ¿Es cierto lo que dicen?, ¿Has encontrado algo? preguntó una tarde en la carpintería, con un tono que mezclaba incredulidad y curiosidad. Tomasito, siempre reservado, negó con la cabeza. No sé de qué estás hablando, Alberto. Solo trabajo en lo mío, nada más. Pero la semilla de la duda ya estaba plantada. Alberto no pudo dejar de pensar en las palabras de los demás, y comenzó a observar a Tomasito con otros ojos. ¿Por qué estaba tan callado últimamente? ¿Por qué parecía evitar el contacto con los demás? Lucía y Catalina también notaron el cambio en la conducta del grupo. Las conversaciones que solían ser fluidas ahora estaban llenas de silencios incómodos. La risa fácil se había desvanecido, reemplazada por una tensión que crecía con cada día que pasaba. El punto de quiebre llegó una noche de tormenta, cuando Alberto, incapaz de soportar más la duda que lo invadía, decidió seguir a Tomasito al monte. Lo había visto salir de su casa a escondidas, y su curiosidad se convirtió en una obsesión. Lo siguió a través del tupido caminito, manteniendo cierta distancia, mientras el sonido de la lluvia y los truenos ahogaban cualquier otro ruido. De pronto, Alberto lo vio detenerse a Tomasito muy cerca de un gran árbol de lapacho. Lo que presenció lo dejó sin aliento. Tomás estaba de rodillas, cavando desesperadamente en la tierra. Cuando finalmente sacó algo, Alberto se acercó con sigilo y vio que Tomasito sostenía un pequeño cofre de madera antigua, cubierta de barro y raíces. Antes de que pudiera reaccionar, Tomasito se dio cuenta de su presencia. ¿Qué estás haciendo aquí, Alberto? preguntó con una mezcla de sorpresa y rabia. Debería preguntarte lo mismo. ¿Qué es eso que tienes? Tomasito dudó, pero finalmente abrió la caja, revelando su conteni-