Yo te conozco de algún lado, me tenés cara conocida. Yo también!
le contesta Hugo... pero no sé de dónde. Yo soy de Eldorado, una ciudad que está a 200 km de aquí. Siempre voy a Eldorado, contesta Hugo, tengo parientes en esa ciudad, pero difícil que te ubique de ahí y quedó pensando.
lez?
¿Por curiosidad, vos no estuviste de pupilo en el Roque Gonzá-
¡Claro que sí!, ahora te recuerdo, si, vos sos Víctor Manuel, el Negro Chemes. ¡Que hacés Negro querido!... compañero de fútbol y de mil travesuras, habilidoso wing izquierdo de aquel equipo imbatible, campeón de cualquier torneo en donde participábamos. ¡Mirá donde nos venimos a encontrar!
y se fundieron en un abrazo de emociones, de lágrimas y de risas interminable. ¿Sabes la imagen que tengo de vos?
le dice Hugo...corriendo por el patio del Roque con las zapatillas en la mano para agarrar la cancha primero. Tenés razón, Hugo ¡Que época! Te propongo algo mejor que ir a las cataratas, eso lo podemos hacer a la tarde o mañana por la mañana. ¿No querés que almorcemos en mi casa, vivo a una cuadra de aquí y la seguimos? Bueno dale. Querida, le gritó el Negro a la esposa, que estaba en la cocina Prepárate unos bifes con cebollas que estoy con un compañero del colegio. Nos encontramos en el hotel. Al rato la señora les invita a pasar a la cocina comedor; una mesa grande, con mantel blanco, platos de porcelana fina con unos bifes increíbles, dos vasos, y el vino tinto en el balde con hielo. En la pared resaltaba un cuadro de grandes dimensiones con una foto capturado en la quinta del Roque González y donde estaban los dos protagonistas. Se sentaron, continuaron con sus mil anécdotas entre carcajadas y el vino de a cada rato. En un momento el Negro le invita a Hugo a servirse, y de entrada nomás el Negro agarró el cuchillo y el tenedor. Recapacita un instante y antes de llevar el bocado a la boca con cara