no pasaba desapercibido por los presentes. De fondo se escuchaba una suave melodía de un bolero romántico. Le pregunté su nombre. Tatiana me dijo con frialdad, con la mirada cabizbaja y acento no lugareño. Me llamo Andrés, a la vez que extendía mi mano para saludarla y tomé el último sorbo de cerveza que tenía en el vaso. ¿Quieres tomar algo?
pregunté. Si, veo que estás tomando cerveza, sigamos con esa dijo.
Fui al mostrador y pedí dos cervezas y dos sándwich y las llevé hasta la mesa donde la mujer seguía en forma insegura. Media hora, una hora. Charlamos de mil temas, nos reímos a carcajadas, tocando cualquier tema. Pasaron las horas y no llegó nadie a buscarla. De momento se callaba, hacía pequeñas pausas a la conversación y tarareaba a alguna canciones con mucha gracia. Después de dos horas, ella, era ya una amiga para mí, y yo para ella. Hablamos de eso que ella esperaba. Me dijo que esta altura de la noche, que ya no le vendrían a buscar. Bueno, me tengo que ir dijo luego de tres horas.
¿A tu casa? pregunté. Si, vivo en el barrio Los Aguacates dés acompañar? preguntó. Por supuesto dije encantado.
dijo ¿Será que me po-