Fui a la barra, pagué la cuenta y salimos. La calle en silencio, parecía que hacia mas frío, a lo lejos se escuchaba solamente algunos que otros ladridos de perros, cielo estrellado, titilando miles de estrellas. Ella llevaba un abrigo negro, no muy apropiado para esa noches de frío, yo, un gabán gris. De vez en cuando pasaba un auto rompiendo el silencio de la noche y así caminamos, charlábamos, sonreímos, a veces nos tomábamos de la mano. En un momento, yo que quité el gabán y le coloqué sobre sus hombros. Con una dulce sonrisa me agradeció. El frío nos perseguía como una maldición a la que no podíamos escapar. Tatiana y yo estábamos felices de aquel clima, aunque nunca nos lo dijimos. La noche avanzaba y nada nos importaba. Las estrellas se pa seaban a escasa altura y había un leve resplandor lunar. Era el final de julio. Entrada la noche, llegamos al lujoso barrio, Tatiana cortante y secamente, dijo: Bien, hasta acá llegamos, mejor me voy a dormir, es suficiente. Asentí y la acompañé. De pie, frente a su casa, le dije adiós, vi cómo se introdujo en su domicilio, cerró la puerta sin mirar hacia atrás.
Volví a casa. Estaba cansado, y me dispuse a dormir, pero no fue posible, me daba vuelta en la cama intentando buscar una posición que facilitara mi sueño. Todo era inútil. Dormitaba. De vez en cuando caía en un estado de sopor. Tenía el cuerpo tenso, especialmente el cuello. Sentía una fuerza opresora sobre el pecho. No lograba dejar de pensar en Tatiana. Al regresar al estado consciente, encendía la luz del velador e intentaba leer una revista que estaba en mi mesi-