LA CHICA MISTERIOSA
Anochecía de aquel domingo de julio de 1966, venía yo del cine teatro Español que quedaba en el centro de la ciudad, no eran más de las diez de la noche y el frío calaba los huesos, era aterrador, las calles desiertas, y los focos de las esquinas, amarillentas, alumbraban apenas. Decidí entrar en el bar Santo Tomé cuyo dueño era el Manco Aranda, ubicado en la esquina de Roque Pérez y Colón. No estaría mal un sándwich y una buena cerveza pensé. El bar Santo Tomé era uno de esos bodegones característicos del barrio, siempre había alguien en el bar, bohemios, taxistas, jugadores de billar y mujeres solas buscando alguna compañía. Hola Manco ¿Cómo estás? Bien, siempre al pie del cañón, me contestó el dueño del bar a la vez que secaba un vaso con una rejilla Luego de intercambiar algunas palabras, pedí el ansiado sándwich y una cerveza, al girar mi vista hacia una de las ventanas, la vi. Era una chica joven, mujer de una belleza increíble, tenía la mirada puesta en cualquier lugar. Sin querer y en un momento nos cruzamos la vista, sonreí, ella correspondió, y tuve la sensación que me invitaba a su mesa. Sin dudarlo, fui hacia ella. ¿Puedo sentarme? pregunté. Si, claro dijo. Corrí la silla y me senté. Ella, con sus manos vacías sobre la mesa, movía los dedos nerviosamente y cada vez miraba sin cesar hacia la puerta de entrada del bar, como si estuviera esperando a alguien. A veces levantaba la mirada por la ventana, y contemplaba la calle, oscura por cierto. En el bar se escuchaba cierta algarabía de los jugadores de billar. La belleza de la chica sobresalía en ese bodegón que