bría la ciudad, don Aniceto decidió hacer su último intento. Se dirigió a la plaza “9 de Julio donde tantas veces había capturado la esencia de la vida de Posadas. Ajustó su cámara, observó a través del visor y esperó pacientemente. Nadie se interesó. Los clientes escaseaban, sus negativos se acumulaban sin ser revelados y la melancolía se apoderaba de su alma. Mientras limpiaba su desordenado laboratorio, don Aniceto encontró una caja vieja. Al abrirla, descubrió un álbum lleno de fotografías antiguas, cada foto, un tesoro invaluable. En ellas, vio reflejada la ciudad que amaba, llena de vida tes y momentos felices.
Las lágrimas brotaron de sus ojos al contemplar esas imágenes. Se dio cuenta de que, a pesar de que la tecnología había cambiado el mundo, su arte aún tenía un valor incalculable. La capacidad de capturar un instante y preservarlo para siempre era un don que no podía ser reemplazado por ningún dispositivo electrónico. Con renovada esperanza, don Aniceto decidió compartir su tesoro con los vecinos y fue así que organizó una exposición, donde las personas podían admirar las fotografías antiguas y redescubrir la belleza de su pasado. La exposición fue un éxito rotundo. La gente se conmovió con las imágenes y se maravilló ante