esos tiempos se dedicaba a alimentar y proteger en su humilde casita a todos los paraguayitos hambrientos, sin trabajos y perdidos que había en la ciudad. Todavía lo seguía haciendo hasta hace tres años. Luego de que Carlos me presentó, la propia Juanita, con su cuerpecito bamboleante, nos preparó la cena, bifes con cebolla, acompañado con arroz blanco, tortillas de acelgas y queso. Vivía sola, pero siempre tenía la casa con gente. Aquella noche hace dos años, era pleno enero y hacía mucho calor, la revolucionaria Juanita nos contó cómo fue enfermera durante la Guerra del Chaco, y cómo escapó estando prisionera de una patrulla boliviana a través del monte, arrastrando a un soldado herido que estaba con ella, cuando los bolivianos tomaron el hospital en la que trabajaba. Y habló de batallas y de refriegas, y de campos de prisioneros, y de una huída a lomo de un caballo mientras les disparaban por todas partes. Habló, en fin, del esplendor y el ímpetu de sus veinte años, mientras comíamos las ricas tortillas con mandioca, regado por un rico vino tinto, sin darnos cuenta que la madrugada avanzaba hacia el nuevo día. No volví a ver a Juanita. Hace unas semanas a mi amigo Carlos le llegó una carta escrita en letra diminuta y difícil de leer: era del amante de Juanita, un terrateniente extranjero del Alto Paraná, diez años más joven que ella con el que compartió los últimos quince años de su vida. Contaba que Juanita había muerto, y que la habían enterrado, según ella había pedido, envuelta en la bandera tricolor de su querido Paraguay. Con Juanita desapareció el mundo que sólo ella llevaba en la cabeza: las amistades vividas, los amores, los miedos, los libros leídos, los sueños, los triunfos y las derrotas, la demostración entera de una época. Un montón de recuerdos. Estoy seguro que dentro de pocos años ninguno se acordará de Juanita. Nadie se acordará de esta extraordinaria mujer que vivirá en el re-