Un país que no produce sus propias máquinas, su propia ropa, su propia tecnología, no es un país libre. Es un país dependiente del humor del dólar y del contenedor que llega de afuera.
Porque hay un desencuentro brutal entre el discurso de la eficiencia y la realidad de la gente. Entre el Excel del ajuste y la mesa familiar que se achica. Entre el país que nos prometen para dentro de 30 años y el país que se está rompiendo a cada instante.
No es una consigna industrialista. Es una cuestión de supervivencia. Sin PYMES no hay empleo calificado. Sin empleo calificado no hay clase media. Sin clase media no hay mercado interno. Y sin mercado interno, no hay nación.
La fábrica vacía no hace ruido. Pero duele.
Y ese dolor, tarde o temprano, se hace escuchar. Cambiando la estructura social para siempre.
Antonio Novielli