Geopolítica
Crónica de una destrucción que no se ve en los balances, pero se siente en la calle.
Hay un ruido que este país está olvidando. No es el ruido de las máquinas. Es el silencio que dejan cuando se apagan y el vacío que se instala.
En estos meses, la Argentina está asistiendo a algo más profundo que una crisis económica. Está presenciando la demolición sistemática de su entramado productivo.
No hablo de números del INDEC. Hablo de lo que veo en los distintos puntos del país: las persianas bajas, las empresas cerradas, con el cartel de “se vende o se alquila”. En muchos casos, se podía notar el paso de distintas generaciones.
La PYME no es solo una unidad económica. Esunaescueladeoficios, una familia, el hijo de esos emprendedores. Es donde un pibe aprendió a tornear, a soldar, a programar, a entender la calidad, el compromiso y la responsabilidad. Ese saber, que tardó 30 años en construirse, se destruye en un instante.
El primer crimen: la mano de obra calificada a la calle.
Este modelo no expulsa mano de obra barata. Expulsa a los mejores. Al matricero que hace una matriz que no se consigue en China. Al técnico electrónico que repara lo que el importado desecha. Al costurero de alta costura.
Cuando esa gente se queda sin trabajo, no va a la estadística de desempleo. Va al Uber, al delivery, a la changa, a la precarización.
El país pierde productividad y pierde dignidad. Pierde un ordenador maravilloso que es el trabajo.
Un torno parado deja a un tornero con 20 años de experiencia pasando a manejar una moto para una app. No es reconversión laboral. Es degradación social. Es dolor. Es un hombre que llega a su casa y no le puede explicar a su hijo por qué su saber ya no vale.
Y ese dolor no es individual. Es colectivo. Es la frustración de una comunidad que ve cómo su identidad de trabajo se evapora. El desempleo no es solo no tener ingreso. Es no tener lugar. Es el desarraigo en tu propio barrio. Es el desamparo.
Pero es dependencia. Cada máquina que no fabricamos, cada tornillo que importamos, cada tela que traemos de afuera porque es “más barata”, es un eslabón de soberanía que regalamos.
Estamos volviendo a ser un país que exporta materia prima bruta e importa el trabajo de otros. Un país que vende soja sin procesar y compra el remedio, la zapatilla y la chapa ya hecha. Es el viejo modelo de la factoría colonial, pero con marketing de redes sociales.