En la tienda compré el papel, el piolín y el folleto con las instrucciones para construirlo.
Por el camino corté unas cañas y en casa hice un poco de engrudo. Pasé toda esa tarde armando mi barrilete. Quedó un rombo rojo y amarillo. Mamá me dio retazos de telas para hacerle la cola de varios colores. Lo puse en un rincón de mi cuarto, sobre una silla y, esa noche, lo contemplé desde mi cama hasta quedarme dormido.
Al otro día, después de terminar las tareas en la granja, llegó el momento tan esperado. Por fin iba a darle vuelo a mis ilusiones. Con sumo cuidado lo llevé hasta un camino solitario, libre de árboles y donde podía verse el cielo en toda su dimensión.
El paisaje parecía estático, como los cuadros del comedor. Había leído las instrucciones y las seguí lo mejor que pude. Corrí de aquí para allá con mi barrilete, pero no logré que se elevara ni unos metros. Lo único que conseguí fue cansarme y lastimarme un tobillo que terminó hinchándose. Esa tarde llegaba a su fin: el sol se ocultaba en el horizonte como un medallón de fuego. Ya era hora de regresar a casa antes de que oscureciera si quería evitar el reto de mamá.
Al día siguiente volví al camino con mi barrilete para intentarlo nuevamente. Mientras corría sin pausa rogaba por un poco de brisa. Después de un largo rato mi esperanza empezó a flaquear igual que mis piernas. Creo que el viento, cómplice astuto y silencioso del lugar, se compadeció de mí y sopló con fuerza. Entonces vi cómo empezaba a flamear sin saber qué hacer ni él ni yo. Despacio fui soltando el piolín y mi barrilete de a poco ganó altura. Sus colores resplandecían mientras subía y subía, hasta que no se pudieron diferenciar. Volaba como si fuese el amo del universo. Creo que mis ojos brillaban como el azúcar acaramelado de la abuela, hasta se me escapó alguna que otra lágrima de felicidad; pero eso, no se lo dije a nadie, es nuestro secreto. ¡Cuánto tiempo estuve contemplándolo en ese cielo transparente y azulino que solo se oscurecía por alguna bandada de pájaros! Ese cielo que fue el único testigo de mi pequeño milagro.
También recuerdo que hacía más calor que en el infierno. Las gotas de sudor corrían por mi cara y barrían a su paso el polvo acumulado en mi rostro. Días de no llover se hacían sentir en el suelo seco y en el pasto que perdía su verdor. La última tormenta había arrancado algún árbol de cuajo y, las pocas gotas que cayeron, las bebió la tierra sedienta y resquebrajada.
Debía volver a casa, pero el viento soplaba con más fuerza y costaba sostener el barrilete. El piolín dejaba surcos dolorosos en mis manos. Traté de ovillarlo. Quería que el cielo me lo devolviese porque ya había jugado bastante con él. Yo le gritaba: volvé, por favor volvé; pero mis palabras no le llegaban. No tuve suerte. El piolín se cortó y, mi barrilete sin dueño, se sintió libre y rumbeó para otros lugares. En mi desesperación traté de seguirlo. Corrí como un loco por campos sembrados donde el viento movía como péndulos a las espigas del trigo; por otro donde hacía que se inclinaran los pastizales; y otro más, donde giraban furiosas las aspas de los molinos... Y lo vi desaparecer, como si nunca hubiera existido. Con la poca fuerza que me quedaba recorrí los últimos metros y arrastré la delgadez de mi cuerpo hasta que caí exhausto. Abandoné la esperanza de encontrarlo ese día; de sentirlo mío y, a la vez,