Geopolítica
El escenario internacional y mundial transita la segunda mitad de su tercera década sin un rumbo relativamente fijo. Lo único previsible es que ningún principio de orden se halla en formación, se afianza el desorden en clave confronta tiva (es decir, los poderes mayores se encuentran en estado de discordia o de "no guerra"), la geopolítica no sólo nunca se fue, sino que se pluralizan territorios, la IA dispara más interrogantes que respuestas y el multilateralismo no deja de retroceder.
En este contexto, es comprensible que no existan conjeturas optimistas ni reflexiones filosóficas auspiciosas en re lación con un porvenir luminoso.
Predominan en el mundo al menos media docena de "G", disruptivas casi en su totalidad. Entre la guerra, la geopolítica, los gastos militares y la geotecnología, la globalización proporciona una suerte de "respirador artificial" que evita un derrumbe. Pero la globalización, un sustituto de orden Internacional que no llega a ser un orden, podría sucumbir ante la fuerza de alguna de las otras "G" (“algo” de ello podemos verlo en la confrontación actual en Ormuz). Por ello, no deja de ser una ironía que, encontrándose el mundo más conectado y tecnologizado que nunca, los viejos vicios de la política internacional puedan eclipsarlo.
Asimismo, ese descenso de la cultura estratégica acaba afectando imperiosos entendimientos internacionales ante situaciones de amenazas mayores como las enfermedades infecciosas globales.
De las cuatro grandes placas geopolíticas del mundo, es decir, Europa del este, Oriente Medio/Golfo Pérsico, península indostánica y cinturón del Índico-Pacífico, dos se encuentran en estado de guerra en las que están involucradas dos actores mayores, Rusia y Estados Unidos, mientras que la tercera padece confrontaciones intermitentes entre India y Pakistán, dos potencias limítrofes con armas de exterminio masivo, y en la última hay una galaxia de conflictos, siendo los más críticos el de Taiwán y el la nueva bipolaridad chino-estadounidense, que abarca múltiples dimensiones.
En este mundo que sigue casi a tientas, la predominancia de pugnas y políticas que colocan el interés nacional primero, se ha ido difuminando la "cultura estratégica", esto es, un sustrato y atmósfera de entendimiento entre potencias que rivalizan. El segmento más crucial es el de las armas nucleares, donde casi no sobrevive ningún tratado estraté-