de hombre: las mujeres no se disparan a sí mismas. Pero ella lo hizo.
De todos modos, después de analizar estos cuatro casos, quizá la tragedia se nos imponga mientras no podamos buscar la salida, que está en algún lugar, como la del Laberinto del Minotauro. Lo que pasa es que a veces no llegamos a encontrarla y la Muerte nos encuentra primero.
El caso de Marta Lynch es distinto, porque no es poeta, pero sabe pegar cuando escribe. Nacida en la clase media, no era allí donde ella se quería quedar. Se casó, se divorció, se volvió a casar con Lynch (que no era su apellido), tuvo hijos y encontró en la escritura el espejo donde verse, ella que hizo sacar de su casa todos los espejos, porque le temía a la Muerte, pero más a la vejez y a la decrepitud. Al cuerpo que no responde, a la belleza que ya no cautiva. Además, en la escritura podía hablar de lo que más le gustaba: el poder. El poder que ni ella ni las mujeres tenían, porque es cosa de hombres, pero en los libros puede hablarse de él. Coquetear con él. Y criticar a la clase social que lo maneja, porque ahora esa clase social le abrió las puertas y a los señores (y a las señoras como Ordóñez) se los ve de cerca, y se los puede diseccionar. Y a la Argentina también. Escribir a los ambiciosos que lo quieren al poder, que lo degustan, que quieren manejarlo con mano de hierro, como cierto General sobre el cual ella escribió sin ambages, y que quiso crear un partido propio, a la vez que la sometía a ella y ella se dejaba someter. Cosa del destino quizá fatal, él murió y ella, finalmente y para evitar la vejez, se mató con un revólver. Muerte
Adriana Sylvia Narvaja Escritora y docente de Quilmes, Argentina