Literatura
La fiebre había bajado. No tenía sueño, es más, estaba bien espabilado. Le pedí al abuelo que se sentara a mi lado y que me contara su anécdota preferida. Sin hacerse rogar comenzó...
“Recuerdo todo perfectamente como si hubiera pasado ayer...
Era un típico domingo de primavera, con el cielo diáfano y la brisa fresca que mantenía moderada la temperatura. Algunos árboles habían explotado en brotes y otros ya mostraban el follaje en todo su esplendor. Los arbustos de Santa Rita, colmados de flores, adornaban las paredes blancas de las sencillas casas de Pilar.
Una hora tardamos en llegar en carreta. Aunque papá decía que era chico, ese día, me dejó llevar las riendas un buen trecho. Nos habíamos puesto nuestra mejor ropa dominguera, a la que debimos sacudirle el polvo al bajar. Nunca habíamos visto tanta gente en la plaza y en sus alrededores, ni en las fiestas religiosas.
El acontecimiento que los reunía era la visita de una gran feria de diversiones. Mis ojos inquietos se movían incrédulos ante tanta algarabía. Los puestos, que formaban hileras interminables de círculos concéntricos, estaban pintados de colores, adornados con globos y guirnaldas. Los premios se exhibían en estantes o colgados con cintas de los techos. La música ensordecedora se mezclaba con el bullicio de la gente y los gritos de los chicos. Mamá nos había dado algunas monedas para jugar. Opté primero por lanzar argollas y embocarlas sobre botellas; después meter pelotas adentro de latas y, por último, pegarles a unos patos de madera con un rifle de aire comprimido. Aunque no gané nada, me divertí mucho. Mi hermana ganó una bolsa de pochoclos: pura suerte.
Estaba decidiendo en qué gastar lo quemequedaba, cuandolosviporprimera vez. Volaban por los aires mientras lucían orgullosos sus colores. A mi lado, un señor sujetaba con fuerza los piolines. Ejercieron sobre mí una fascinación que pocas veces volví a sentir. No podía dejar de mirarlos, aunque el cuello me quedó entumecido por la posición y me dolió por algún tiempo. Le pregunté al dueño de semejante maravilla cómo se llamaban. Me contestó: “Son barriletes, pibe”. Por desgracia no me alcanzaban las monedas para comprar uno. Cuando regresábamos a casa, papá me dijo que si conseguía los materiales podría hacerlo yo solo.
Desde ese día no pude dejar de pensar en otra cosa. Cerraba los ojos y los veía volar de dos, de tres, de cuatro colores; rojos, azules, verdes, amarillos: todos jugaban entre sí en un frenético zigzag.
Varias semanas trabajé duro: ayudaba a mamá en las tareas de la casa y el jardín. Ahorré cada moneda ganada.
Una mañana, con todos mis ahorros en el bolsillo, acompañé a papá. Él iba una vez por semana a buscar provisiones al pueblo.