Literatura
Cuatro voces trágicas que no se apagarán jamás
Elegimos presentar este tema, el de “Cuatro Voces Trágicas”, en nuestra querida biblioteca Sarmiento de Quilmes. Y eso nos hizo preguntar qué es la tragedia, y quién está libre de ella. Le contamos, primero, al lector, que nos referimos a cuatro voces rioplatenses que queríamos ver representadas y conmemoradas en esta institución, como son Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Alejandra Pizarnik y Marta Lynch. Y leer, a su vez, algunos de sus poemas y textos representativos, a la vez que le contamos al público sobre sus vidas tan dolientes, y a la vez, tan valientes.
Y de allí las preguntas, porque es difícil escapar de la tragedia. Para el diccionario, tragedia “es un suceso lamentable que causa gran dolor, o un género literario y teatral de la antigüedad donde los personajes enfrentan un destino fatal sin salida”. Por eso es difícil saber si el ser humano puede o no salir de la tragedia, sea enfrentándola, sea escapando. Quizá pueda salir, o quizá no. Depende de muchos factores, como su carácter o voluntad. Esto lo sabemos los escritores también: la forma de ser del personaje define cuál será su destino. Un aguerri do guerrero posiblemente muera en batalla, o busque una batalla para morir. Un hombre de débil carácter probablemente se resigne a su suerte y no enfrente las consecuencias de sus actos, o de los actos de sus antepasados, que seguramente recaerán sobre él. ¡Tanto ha escrito la literatura sobre estos temas! El debate es infinito.
Ninguna de nuestras poetisas se resignó a su suerte. Pelearon, hasta que pudieron, contra un destino adverso, o hasta que el cuerpo soportó, o hasta que las condiciones de vida se los permitieron. Pero aun así, jamás serán olvidadas. Su final, trágico, no invalida su lucha. Muy por el contrario, lo resalta. Lo ennoblece.
Las cuatro buscaron romper los estereotipos que les habían sido asignados. Debían casarse y quedarse en casa, atendiendo a hijos y marido. De escribir, nada. No nos olvidemos que la misma Mary Shelley no pudo editar su “Frankenstein” con su nombre, sino con el de su marido, allá por 1818. Y hasta entrado el siglo XIX, si una mujer quería publicar su obra, necesitaba de la autorización de su esposo, firmada por él, para hacerlo. Si no, no había libro. O publicarlo con seudónimo, preferentemente varonil, como George Sand. Así que las imposiciones sociales hacían muy difícil romper ese esquema que hoy nos parece raro de entender, pero era la norma por aquellos días.
No por nada, ya hace cien años, la misma Revista Caras y Caretas se preguntaba, poniendo la pregunta en boca de “alguien”, “si es buena tanta intelectualidad en la mujer”, ya que seguramente estas damas iban a ser más felices ocupándose de su hogar. Y la revista tenía una gran mayoría de escritores hombres. Alfonsina había logrado llegar hasta allí para publicar sus poemas. Bien por ella.