By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
La mañana de la prueba amaneció gris y con una llovizna persistente que amenazaba con empeorar. Mateo se levantó antes del amanecer, se colocó sus ropas más sanas —una remera desteñida y un pantalón corto que le quedaba algo grande— y guardó sus preciados botines negros dentro de una bolsa de supermercado desgastada.
Don Roque lo esperaba en la parada del colectivo. El viaje hasta el predio municipal duró casi una hora, un trayecto largo en el que ninguno de los dos habló demasiado. El silencio no era de incomodidad, sino de concentración absoluta. Roque miraba por la ventanilla empañada, mientras Mateo apretaba la bolsa contra su regazo, repasando mentalmente cada consejo recibido.
Al llegar al predio, el panorama era abrumador. Cientos de chicos de todas las realidades sociales se concentraban en las entradas. Muchos llegaban en autos modernos, acompañados por sus familias enteras, vistiendo camisetas de marcas reconocidas y cargando botines de última generación con colores fluorescentes. Mateo, parado junto al viejo Roque, se sintió de repente muy pequeño en medio de esa multitud reluciente.
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