By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
La salud de Elena sufrió un duro revés a fines de agosto. Una fuerte neumonía la dejó postrada por completo, dependiendo de la ayuda de las vecinas para las tareas más básicas. Las deudas de la humilde vivienda se acumularon y el fantasma del desalojo comenzó a rondar la cabeza de Mateo como una pesadilla constante que no lo dejaba dormir por las noches.
El chico tuvo que redoblar sus esfuerzos, saliendo a limpiar vidrios en las avenidas céntricas durante horas extra bajo el sol abrasador. El cansancio físico era devastador. Hubo días en que llegó a los entrenamientos con don Roque sin haber probado bocado desde la mañana. El anciano, al notar su palidez, suspendía la práctica y compartía con él su modesto almuerzo en silencio.
Fue la prueba más difícil para la fe de Mateo. Ver a su madre sufrir y sentir la impotencia de la pobreza extrema estuvo a punto de quebrar su espíritu. Estuvo a punto de vender los botines negros para comprar los medicamentos urgentes, pero don Roque se enteró a tiempo y asumió el costo de las recetas con sus escasos ahorros de la jubilación. 'Tu única tarea es jugar, Mateo. De lo demás nos ocupamos nosotros', le sentenció.
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