By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
El invierno llegó con una crudeza implacable a Villa Esperanza. Las paredes de chapa de la casa de Mateo apenas lograban contener las ráfagas de viento helado que bajaban de las montañas. Elena empeoró, y sus jornadas de trabajo limpiando casas ajenas se interrumpieron drásticamente. El frío calaba los huesos, pero la necesidad calaba el alma.
Mateo pasaba las mañanas buscando leña o cualquier material que sirviera para encender la pequeña estufa. Sus manos se llenaron de ampollas y callos, endurecidas por el trabajo forzado antes de tiempo. El fútbol pareció pasar a un segundo plano durante aquellas semanas grises; la prioridad absoluta era conseguir el pan diario y asegurar que su madre tuviera una taza de caldo caliente antes de dormir.
Aun en el peor momento, el balón seguía allí, descansando debajo de su cama hecha de pallets. Por las noches, en medio de la oscuridad rota solo por las velas, Mateo estiraba el pie para tocar el cuero gastado de la pelota. Ese simple contacto físico era su único cable a tierra, la promesa silenciosa de que el mundo exterior, el de las deudas y la enfermedad, no ganaría la batalla definitiva.
Página 3 de 16