By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Mateo miraba sus pies gastados. Sus zapatillas, que alguna vez fueron blancas, ahora eran un mosaico de remiendos y costuras flojas, devoradas por la tierra seca del potrero. En Villa Esperanza, el fútbol no se jugaba en canchas de césped sintético ni bajo luces perfectas; se jugaba entre piedras, desniveles y pasillos angostos donde el viento levantaba un polvo denso que lo cubría todo.
A sus doce años, Mateo cargaba con un peso demasiado grande para su espalda. Su madre, Elena, tosía cada noche en la habitación contigua. El dinero no alcanzaba ni para los remedios básicos, y muchas tardes el almuerzo se reducía a un mate cocido con pan duro. Sin embargo, cuando una pelota de plástico o de cuero desinflado tocaba sus pies, el hambre y la angustia se disipaban. En el potrero, Mateo no era el chico pobre que limpiaba vidrios en la avenida; era un artista capaz de esquivar cualquier obstáculo.
Cada tarde al salir de la humilde escuela del barrio, corría descalzo para no gastar la poca suela que le quedaba a sus zapatillas. Los otros chicos lo esperaban ansiosos, sabiendo que su presencia garantizaba un espectáculo de gambetas. A pesar de las espinas y los vidrios rotos que a veces lastimaban sus plantas, Mateo corría con una libertad pura, ajeno al dolor de la realidad que lo acechaba en las esquinas de su vecindario.
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