By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Dos años de esfuerzo sostenido y goles inolvidables en las categorías inferiores pasaron volando desde aquella tarde bajo la tormenta. El rendimiento de Mateo no pasó desapercibido para el director técnico del plantel profesional, quien decidió convocarlo para concentrar con el primer equipo de cara al partido definitivo del campeonato local.
El estadio principal del Club Atlético San Martín lucía colmado por más de cuarenta mil almas que hacían vibrar el cemento con sus cánticos. Las luces masivas de las torres de iluminación encandilaban a cualquiera, pero a Mateo no lo asustaban; sentía que finalmente lo iluminaban en su verdadero escenario de vida.
En el vestuario, la camiseta con el número 10 y el apellido 'Mateo' impreso en la espalda colgaba del perchero principal. El chico de doce años que limpiaba vidrios en la avenida y jugaba descalzo entre las espinas estaba a solo minutos de pisar el césped sagrado del fútbol profesional. Se sentó en el banco de suplentes, esperando pacientemente su momento con la misma calma de siempre.
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