By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
El silencio sepulcral que se había adueñado del predio municipal se rompió de inmediato con el murmullo acelerado de los entrenadores. Las lapiceras, que hasta hacía un momento permanecían inmóviles, comenzaron a anotar febrilmente en las carpetas. El técnico principal detuvo el partido de inmediato y caminó decididamente hacia el campo de juego.
Se acercó a Mateo, quien permanecía estático en el lugar del gol, con el barro salpicando su rostro y sus botines negros cubiertos de fango. El entrenador leyó el número de su pechera desgastada. '¿Cómo te llamás, pibe, y de qué club venís?', le preguntó con un tono de voz directo pero notablemente interesado. 'Mateo, señor. No vengo de ningún club, juego en el potrero', respondió con timidez.
Desde el borde de la alambrada, don Roque sonreía en silencio, limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de su mano agrietada. Sabía que el primer paso, el más difícil de todos, ya estaba dado. Los captadores llamaron a Mateo a un costado del campo y le indicaron que debía presentarse el lunes siguiente en la sede central del club para firmar su incorporación oficial a las divisiones inferiores.
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