By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Faltando apenas dos minutos para el pitazo final, la jugada cambió el destino. El mediocampista central del equipo rival intentó un lujo innecesario en tres cuartos de cancha y perdió el balón ante la presión defensiva. El esférico salió despedido con violencia hacia el sector donde se encontraba Mateo, flotando a media altura en un balón dividido.
Mateo leyó la trayectoria de forma instantánea. Anticipó al defensor que salía a cortarlo con vehemencia, saltó y amortiguó el impacto de la pelota de manera perfecta con el pecho, durmiéndola en el aire como si tuviera imanes. Sin dejar que el balón tocara el suelo barroso, dibujó una vaselina sutil e impecable por encima de la cabeza del segundo marcador que venía al cierre desesperado.
El predio entero pareció contener el aliento de forma súbita mientras Mateo ganaba la posición por velocidad pura, quedando cara a cara con el arquero. Con la tranquilidad asombrosa de quien ha gambeteado mil piedras en la oscuridad del potrero de Villa Esperanza, amagó levemente hacia la izquierda y definió con cara interna, suave y preciso, al palo cambiado.
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