By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Una tarde de tormenta perfecta, mientras el agua transformaba el potrero en un lodazal intransitable que alejó a todos los demás chicos, Mateo se quedó solo. El barro le llegaba hasta los tobillos, volviendo la pelota absurdamente pesada y caprichosa. No importaba. Se dispuso a patear una y otra vez contra un muro de ladrillos huecos que servía de arco improvisado.
Cada impacto llenaba sus piernas de barro denso y frío. Desde la esquina, resguardado bajo el alero de chapa de un almacén, don Roque lo observaba fijamente. El anciano no vio simplemente a un chico jugando de forma obstinada bajo la lluvia; presenció un control de pelota perfecto bajo las condiciones más adversas imaginables, un equilibrio corporal que desafiaba las leyes de la física en ese fango.
Al día siguiente, cuando el cielo finalmente dio un respiro, el anciano se acercó a Mateo con una caja de cartón gastada atada con un hilo de carnicero. Al abrirla en medio de la cancha seca, Mateo contuvo el aliento de forma súbita: adentro había unos botines de cuero negro legítimo, usados pero cuidadosamente lustrados y con los tapones intactos. 'El barro te enseña a balancearte, pibe, pero estos te van a dar el agarre justo para volar', le dijo Roque con una sonrisa gastada.
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