By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Fue a mediados de julio cuando un personaje peculiar comenzó a frecuentar los bordes del potrero. Se trataba de un hombre mayor, de caminar lento y mirada afilada, que siempre vestía una campera vieja con el escudo desgastado de un club tradicional de la provincia. Los chicos lo llamaban don Roque, un jubilado del que se decía que había sido un hábil cazatalentos en su juventud.
Roque se sentaba sobre un cajón de manzanas al revés, fumando en silencio mientras observaba los caóticos partidos de los jóvenes. No gritaba, no daba indicaciones, simplemente miraba. Pero Mateo notó rápidamente que los ojos del anciano lo seguían a él en cada movimiento, analizando cómo amortiguaba el balón, cómo anticipaba los pases y cómo protegía el cuero con su cuerpo menudo pero firme.
Una tarde, tras un partido que terminó al caer el sol, Roque interceptó a Mateo en el camino de tierra. El chico se mostró desconfiado al principio, apretando la pelota contra su pecho. 'Tenés un don en los pies, pibe, pero jugás como si estuvieras escapando de algo, no corriendo hacia algo', le dijo el anciano con voz ronca. Esas palabras calaron hondo en Mateo, quien por primera vez sintió que alguien leía su alma a través del juego.
Página 4 de 16