By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
El proceso de inscripción fue caótico y lento. A Mateo le asignaron un pechera naranja con el número 147 y lo enviaron a la cancha número tres, una superficie de tierra dura mezclada con parches de pasto ralo que la llovizna estaba empezando a transformar en una trampa resbaladiza. Los entrenadores del club, vestidos con ropa oficial idéntica, observaban con carpetas en mano.
Los primeros minutos del partido de prueba fueron un reflejo fiel del egoísmo feroz que abunda en estas instancias. Cada chico quería salvarse solo; los mediocampistas no pasaban la pelota y los delanteros pateaban desde cualquier posición incómoda con tal de llamar la atención de los captadores. Mateo corrió por la banda izquierda de manera constante, pidiendo el balón, pero nadie se lo entregaba.
El técnico principal miró su reloj de pulsera de manera ostensible, haciendo una seña a su asistente para dar por terminada la primera tanda de evaluación. El tiempo se agotaba y Mateo ni siquiera había tenido la oportunidad de demostrar de qué era capaz. La frustración amenazaba con nublar su mente, pero recordó el consejo de Roque: la oportunidad siempre llega para el que sabe esperar.
Página 10 de 16