By Luciano Budi
El Brillo del Barro — Luciano Budi
Don Roque no se limitó a regalarle los botines; lo invitó a entrenar de manera seria tres veces por semana en una pequeña plaza vecina. Allí, lejos de la distracción de los partidos informales, el anciano sometió a Mateo a una rutina rigurosa de control, pase corto y resistencia. Los botines negros se convirtieron en una extensión de los pies del chico, adaptándose perfectamente a su pisada.
Los entrenamientos eran duros. Roque colocaba botellas plásticas llenas de arena como obstáculos y obligaba a Mateo a hacer zig-zag a máxima velocidad sin mirar el balón. 'El buen jugador ve el campo, no la pelota', repetía incansablemente el viejo utilero. Mateo terminaba cada sesión exhausto, con los músculos adoloridos, pero con una comprensión del juego que jamás había tenido.
Lo más importante de aquellos días fue el cambio de actitud en Mateo. El fútbol ya no era solo una vía de escape dominical; se estaba transformando gradualmente en una disciplina, en un propósito de vida estructurado. La ilusión de poder cambiar la realidad de su casa empezó a tomar una forma concreta en su mente, alimentada por la fe inquebrantable que el anciano depositaba en sus condiciones.
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