By luz briceño
Nuestra segundo edición de Fabulario 2026. Recoge los sueños, creaciones y producciones artísticas de nuestra comunidad educativa "Reino de Holanda"
Y lloré contigo y con Betzabé… Lloré ante el abandono de aquel niño, ante la crudeza de una realidad… Tus palabras quedaron grabadas en mi memoria: “…creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es la injusticia y que un niño de cuatro años pueda ya sentir el deseo de no querer vivir más y ambicionar ser devorado por las entrañas de la tierra…” Bueno, no solo quedaron en mi memoria, se convirtieron en ecos, en gritos, en la búsqueda silenciosa de muchos y muchas que quieren ser escuchados y reconocidos.
Igualmente, lloré cuando María te dejo a ti y a tu hermana en la estación rodeada de aquellos indios ebrios. No pude preguntarme: ¿Cuántos niños y niñas vemos en nuestras calles abandonados y desprotegidos? También, lloré, cuando la Nueva se ahogó por rescatar a Tarrarrura. La Nueva que portaba escondido su símbolo de apoyo, de escape, de protección… ¿Cuántas veces nos burlamos y rechazamos a aquellos que son diferentes para no complicarnos la vida? ¿Cuántas veces sus rostros, sus gestos, sus acciones nos están suplicando un rescate, un salvavidas, y decidimos no verlo? Entonces vuelvo a tus palabras: “…era una boca que pedía ayuda, que tenía siempre el gesto de un profundo dolor…”
Pero también reí me disculparás con tus narraciones jocosas como la del burro, la de los indios borrachos y con diarrea, y aquella noche en el convento en la que se te apareció el diablo cuando te escapaste al salón de costura e hiciste mil estragos hasta arruinar el alba del Papa. El alba del Papa no era más que tres enormes huecos”. Y mientras reía, también pensé en lo sencillo que puede ser dar bienestar y felicidad a un niño o a una niña. Son tan felices con las cosas simples de la vida. ¿Por qué algunos se encargan de truncar esa inocencia, por qué hay tantas Marías?
El encuentro con tus cartas también estuvo acompañado de momentos de regocijo, lograste encontrar un grupo de amigas, lograste aprender un arte, tuviste aquel traje blanco tan anhelado para tu bautismo y, lo primordial, lograste liberarte, buscaste tu libertad, huiste de ese lugar que te sometía a través del temor y la prohibición. Apareció aquella llave que se encontraba en el asiento de la capilla y simboliza la palabra LIBERTAD. Lograste tu libertad. “Yo miraba las llaves que sor Teofilita dejaba en el asiento, las toqué muy dulcemente para que no hicieran ruido, pero, cuando las toqué, todo el cuerpo me temblaba de frio…” ¿Cuál será la llave para todos nuestros niños y niñas que sufren las injusticias sociales?
Querida Ema, creo que esta ha sido una carta atravesada por muchos interrogantes y enigmas que me han surgido a partir de tus relatos. No solo me permitieron leerte; me hicieron habitar tus recuerdos, recorrer contigo esos espacios y experimentar, aunque fuera por un instante, las emociones de aquella niña que fuiste. Allí comprendí que la escritura tiene ese poder: hacer que una experiencia ajena se vuelva cercana, que una memoria se transforme en sensación y que una historia escrita hace tantos años vuelva a estremecer, interpelar y dejar huella en quien la lee.
Tal vez esa sea precisamente la esencia de la literatura: no ofrecer respuestas definitivas, sino abrir preguntas que incomoden, que nos hagan mirar de frente aquello que preferimos ignorar y que nos recuerden que detrás de cada historia hay una vida que merece ser escuchada.
Me despido de ti con profunda admiración y gratitud, por haberme permitido recorrer tus recuerdos, habitar tus palabras y descubrir que escribir sobre quienes han sido silenciados también puede ser una forma de devolverles la voz.
Me despido de ti, con mucha admiración
Luz Briceño Bogotá, agosto 14, 2022