EL LOBO N°4 de sostenerse en una referencia estable, significativa, que anuda al saber escolar: con la invención de un recurso particular en relación al “saber hacer” con las incógnitas matemáticas. No se trata entonces de corregir o reemplazar este modo de operar por una vía normativa, sino de alojarlo, reconocer su valor subjetivo y desde allí ampliar el acceso a otros contenidos. La pedagogía, en diálogo con el psicoanálisis, permite aquí no forzar una normalización del aprendizaje, sino trabajar a partir de los puntos de apoyo subjetivos del estudiante, en una lógica de invención específica y no de un déficit.
Como señala la pedagoga argentina Adriana Puiggrós (2004), “educar no es llenar de contenidos un recipiente vacío, sino promover la producción de sentidos en contextos significativos”. En esta línea, el saber no se impone desde afuera, sino que se construye en la trama que articula la lógica del sujeto, la oferta del Otro y la mediación del docente. Cuando el educador puede leer estos movimientos, el aula deja de ser un espacio de imposiciones homogéneas para convertirse en un lugar donde cada quien puede inscribirse en su singularidad. Acompañar estos estilos particulares de aprendizaje exigen una mirada pedagógica que no se agote en las categorías diagnósticas, sino que se escuche lo que el estudiante pone en juego, incluso allí donde no parece haber un saber escolar en acto. Porque en esa referencia aparentemente lateral —el año de nacimiento del padre— se ancla la posibilidad de que el estudiante se inscriba en el discurso del saber.