ENSEÑAR ES OPORTUNIDAD:
Educación en contexto de encierro
Cuando una persona ingresa a la penitenciaría, deja de ser vista principalmente como estudiante, trabajadora o integrante de una familia y pasa a ser identificada como interna. Sin embargo, al ingresar al espacio educativo, esa mirada cambia. Allí vuelve a aparecer otra identidad: la de estudiante. Esta diferencia fue uno de los puntos de partida de nuestro trabajo de campo en el espacio educativo “Aldo Abregú”, ubicado en la Unidad de Detención N.º 1 de Río Grande, y nos llevó a preguntarnos qué lugar ocupa la educación en la vida de las personas privadas de su libertad y qué relación tiene con la reinserción social.
La educación en contexto de encierro debe entenderse, en primer lugar, como un derecho. La Ley N.º 24.660 de Ejecución de la Pena Privativa de la Libertad y la Ley de Educación Nacional N.º 26.206 establecen que las personas privadas de libertad deben tener acceso a la educación. Estar detenido, entonces, no significa perder la posibilidad de estudiar. Para muchas personas, esta oportunidad resulta especialmente importante porque ingresan a la institución sin haber podido completar sus estudios. Mediante el trabajo de campo observamos que algunos adultos aprendieron a leer y escribir o lograron terminar sus estudios durante su tiempo dentro de la institución.
Pero estudiar durante el encierro no significa solamente incorporar conocimientos. También puede modificar la manera en que una persona piensa su propio futuro. Terminar el secundario, comenzar una formación o aprender algo nuevo puede generar expectativas y mostrar que existen otras posibilidades. Un ejemplo de esto puede ser el caso de una persona que terminó el secundario mientras estaba detenida y luego continuó estudiando hasta recibirse de comunicador social. Experiencias como esta permiten pensar la educación como una herramienta para construir proyectos que antes podían parecer imposibles.
En este sentido, ser reconocido como estudiante también adquiere importancia. Dentro del espacio educativo, las personas privadas de su libertad pueden ocupar un rol diferente al de interno: aprender, participar, cumplir objetivos y proyectarse más allá del presente. A partir de nuestra investigación comprendimos que continuar estudiando puede devolverles una parte de la identidad que sentían perdida al ingresar a la penitenciaría.
La educación, sin embargo, no es el único aspecto relacionado con la reinserción. El trabajo también ocupa un lugar fundamental, ya que puede proporcionar una fuente de ingresos y una forma de organizar la vida después de recuperar la libertad. En el Centro de Formación Profesional “Alas de Libertad”, por ejemplo, existen propuestas de instrucción en informática, electricidad y horticultura que permiten adquirir herramientas útiles para conseguir empleo. De esta manera, los conocimientos adquiridos durante el encierro pueden tener una utilidad concreta fuera de la institución.
Aun así, la reinserción social no queda garantizada simplemente por recuperar la libertad. Continuar los estudios, conseguir trabajo y reconstruir vínculos puede presentar dificultades. Por eso, entendemos la reinserción como un proceso que comienza durante el encierro, pero continúa después. En este proceso también interviene la sociedad, ya que los prejuicios hacia quienes estuvieron privados de libertad pueden convertirse en obstáculos. Una persona puede haber estudiado, adquirido conocimientos y desarrollado nuevas capacidades, pero continuar siendo definida únicamente por su pasado.
Los datos obtenidos a partir del trabajo de campo muestran, entonces, que la educación ocupa un lugar importante en la reinserción social porque permite adquirir conocimientos, desarrollar habilidades y construir nuevas expectativas. Garantizarla dentro de la penitenciaría no significa simplemente ocupar el tiempo de los internos, sino reconocer un derecho y ofrecer una oportunidad para pensar y construir un proyecto de vida diferente. Sin embargo, para que esa oportunidad pueda sostenerse, también es necesario que la sociedad pueda reconocer que una persona puede aprender, cambiar y tener nuevas posibilidades después de recuperar su libertad.