ENseñar es jugarse
Educación rural
Enseñar en la ruralidad implica mucho más que llegar a un establecimiento: supone encontrarse con comunidades que esperan la presencia docente y con estudiantes para quienes cada clase representa una oportunidad de aprender. La experiencia de Amanda Gonzalez, profesora de inglés en las escuelas rurales de Cullen, San Sebastián y Estancia Sara, permite pensar qué significa enseñar en estos contextos y cómo esta experiencia transforma la identidad docente.
Trabajar con grupos pequeños y aulas multigrado exige adaptar constantemente las estrategias. Amanda señala que esta habilidad fue construyéndose principalmente a través de la experiencia, ya que no forma parte de una enseñanza específica durante la formación docente. Incluso, ante la falta de docentes, debió asumir otras áreas. Estas situaciones muestran que la identidad profesional no se construye únicamente en el profesorado: también se forma en la práctica, en la toma de decisiones y en la búsqueda de nuevas maneras de enseñar.
Pero jugarse por la enseñanza también implica construir vínculos. La docente destaca la empatía y el recibimiento de los estudiantes, favorecidos por grupos reducidos y relaciones más cercanas. El deseo de aprender aparece como parte fundamental de este vínculo: los estudiantes esperan las clases con entusiasmo y, al mismo tiempo, el docente también aprende de ellos y de las particularidades de cada contexto.
Sin embargo, enseñar en estos territorios también supone enfrentarse a condiciones que exceden la tarea pedagógica. La falta de agua en algunos establecimientos, las dificultades de conectividad y la distancia de las autoridades respecto de las necesidades concretas muestran cómo las desigualdades territoriales afectan las oportunidades educativas. En ocasiones, docentes y familias deben organizarse para resolver necesidades básicas que deberían contar con una respuesta estatal.
La experiencia rural permite comprender, entonces, que enseñar es jugarse: adaptarse, recorrer distancias, construir vínculos y sostener el deseo de enseñar y aprender, sin confundir compromiso con aceptar condiciones insuficientes. La vocación encuentra sentido en ese compromiso, pero garantizar el derecho a la educación requiere también una presencia estatal que contemple las particularidades de cada territorio. Como futuros docentes, esta experiencia nos invita a preguntarnos no solo por qué elegimos enseñar, sino también qué estamos dispuestos a hacer para sostener esa elección.