ENSEÑAR ES sostener:
Educación Domiciliaria y Hospitalaria
L a Modalidad de Educación Domiciliaria y Hospitalaria presenta una forma de enseñar que se diferencia de la escolaridad tradicional. En este contexto, la flexibilidad y la humanización no constituyen solamente decisiones metodológicas, sino que atraviesan toda la práctica docente. La persona ocupa un lugar central, especialmente cuando se trata de jóvenes que atraviesan situaciones de vulnerabilidad física, social o de salud mental, como estrés, fobia social, ansiedad o depresión.
Esta particularidad se observa desde el momento de planificar las clases. La planificación debe adaptarse constantemente a las condiciones del estudiante. Ante un desborde emocional, por ejemplo, la clase puede detenerse para dar lugar a un momento de relajación, recreación o conversación. Si las capacidades cognitivas se encuentran temporalmente bloqueadas, el encuentro puede interrumpirse y retomarse posteriormente. Incluso factores externos, como la medicación, pueden modificar la organización de la jornada. Del mismo modo, cuando las tareas para el hogar generan niveles elevados de ansiedad, las actividades se realizan exclusivamente durante el tiempo de clase.
La selección de contenidos también responde a esta lógica. En licencias médicas de alrededor de 30 días, se mantiene el contacto con el docente de grado para continuar su planificación. En licencias más prolongadas, se realiza un recorte curricular tomando como referencia los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios (NAP), dejando de lado contenidos secundarios para evitar una sobrecarga cognitiva. Esta flexibilidad también alcanza a la evaluación: en lugar de centrarse únicamente en un resultado final, se valoran los pequeños avances y el cumplimiento progresivo de objetivos, priorizando las capacidades y el progreso real del estudiante.
A medida que la enseñanza se desarrolla fuera del aula escolar, el entorno adquiere un nuevo significado. La habitación del hospital o el hogar se convierten en espacios pedagógicos que permiten conocer aspectos de la identidad, los intereses y las experiencias del estudiante. Elementos cotidianos, como la música, los pósteres o las mascotas, pueden orientar la selección y adaptación de materiales. Al mismo tiempo, esta observación permite reconocer temas sensibles que deberían evitarse para proteger el bienestar emocional del joven.
Este espacio también introduce la presencia de un adulto responsable, necesaria por motivos de seguridad. Sin embargo, su participación en la clase debe mantenerse limitada, evitando que intervenga directamente en el aprendizaje. Aunque su presencia funciona como un apoyo indirecto, establecer límites claros permite preservar el vínculo pedagógico entre docente y estudiante.
En este contexto, el rol docente también adquiere características particulares. La cercanía propia de la modalidad reduce la distancia habitual entre profesor y estudiante y coloca el bienestar por encima de las demandas académicas. El docente no solo transmite contenidos, sino que también escucha y ofrece un acompañamiento humano que contribuye a evitar que el aislamiento producido por la enfermedad se transforme en exclusión educativa. La autoridad, por su parte, se construye desde el respeto recíproco. El compromiso de trasladarse al hogar y preparar propuestas pensadas para cada estudiante genera una valoración que favorece un clima de confianza y permite que la clase se desarrolle de manera más natural.
En este sentido, las experiencias analizadas permiten comprender que enseñar en la modalidad domiciliaria y hospitalaria también implica sostener. Sostener el aprendizaje cuando las condiciones cambian, acompañar al estudiante cuando aparecen dificultades y reconocer sus avances, incluso cuando estos son pequeños. La flexibilidad, la atención al entorno y la construcción de un vínculo basado en el respeto hacen posible mantener el contacto con la educación sin dejar de lado la dimensión humana de estas trayectorias.