ENseñar es construir identidad
Educación en la Escuela de Policía
“Dejan de ser un sujeto con nombre y apellido y pasan a ser… cadete de primer año, cadete de segundo año”, explica la docente Gabriela Alava. La frase permite acercarse a una de las principales características de la formación policial: quien ingresa como ciudadano comienza un proceso de transformación que no se limita a adquirir conocimientos, sino que modifica su cuerpo, sus conductas, su lenguaje y su posición dentro de la institución.
La formación se organiza a partir de una estructura dual, en la que conviven la formación académica y la formación militar-disciplinar. Ambas cuentan con estructuras de conducción propias, pero se articulan mediante una formación modular. Cada módulo posee objetivos y criterios de evaluación independientes, por lo que el rendimiento en un área no puede compensar las dificultades en la otra. Así, el aspirante debe sostener simultáneamente su desempeño académico, físico y conductual. La formación del cuerpo adquiere especial relevancia: fuerza, resistencia, defensa personal, armas y tiro preparan al futuro agente para las exigencias propias del ejercicio policial.
Esta estructura se relaciona con un segundo aspecto: la homogeneización. Mientras que en otros ámbitos educativos suele considerarse negativamente la búsqueda de sujetos que se ajusten a un mismo molde, en la formación policial aparece como un objetivo esperado. Esta homogeneización se desarrolla en tres dimensiones.
En el cuerpo, mediante el desarrollo de capacidades físicas comunes; en lo académico, a través de contenidos que permiten equiparar los conocimientos de aspirantes con trayectorias previas diferentes; y en lo conductual, mediante la apropiación de normas, reglas y jerarquías. El propósito es construir una figura de autoridad, seguridad y seriedad a partir de ideales y conductas compartidos.
El proceso alcanza también la identidad. El aspirante incorpora una terminología específica vinculada con el derecho y la criminalística, aprende a ubicarse dentro de una estructura jerárquica y comienza a reconocerse como parte de un colectivo: “a su compañero no le dicen compañero, le dicen camada”. El lenguaje, las normas y el sentimiento de pertenencia construyen una nueva subjetividad que no queda limitada al espacio institucional, sino que puede proyectarse sobre la vida personal.
La propia trayectoria de la docente entrevistada también permite observar esta transformación. Alava señala que “todo el tiempo aprendemos y nos enriquecemos mutuamente”, mostrando que la construcción de identidad no se produce únicamente en quienes se forman como policías, sino también en quienes enseñan dentro de la institución.
En este sentido, la formación policial aparece como un proceso que articula conocimientos, cuerpo, disciplina y pertenencia para construir una identidad profesional determinada. Dar voz a sus docentes permite acercarse a una realidad que muchas veces es observada desde afuera y cuestionar las representaciones simplificadas sobre quienes estudian para ejercer esta profesión. Como sostiene la entrevistada, se trata de una formación atravesada por una importante responsabilidad social: formar agentes para quienes el vínculo con el otro constituye una parte central de su profesión.