Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14) ... así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. (Efesios 5:25b-27) Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. (Juan 17:17) En la Palabra de Dios encontramos guía y dirección para vivir la vida de santidad. Mientras más nos acercamos a Dios, más crecerá nuestro deseo de agradarle y de vivir conforme a su voluntad. Llenándonos de él y de su Palabra, nos será más fácil rechazar las cosas que no le agradan. Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad. (1 Tesalonicenses 4:7) La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa. (1 Tesalonicenses 4:3-4) Que el Señor los haga crecer para que se amen más y más unos a otros, y a todos, tal como nosotros los amamos a ustedes. Que los fortalezca interiormente para que, cuando nuestro Señor Jesús venga con todos sus santos, la santidad de ustedes sea intachable delante de nuestro Dios y Padre. (1 Tesalonicenses 3:12-13) Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios. (Efesios 5:3) Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad. (Efesios 4:22-24) Nadie es santo como el Señor; no hay roca como nuestro Dios. ¡No hay nadie como él! (1 Samuel 2:2) Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno. (Salmo 139:23-24) Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo. (2 Timoteo 1:9) ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (1 Corintios 3:16) Si alguno destruye el templo de Dios, él mismo será destruido por Dios; porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo. (1 Corintios 3:17) Hablo en términos humanos, por las limitaciones de su naturaleza humana. Antes ofrecían ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la santidad. (Romanos 6:19) Pero ahora que han sido liberados del pecado y se han puesto al servicio de Dios, cosechan la santidad que conduce a la vida eterna. (Romanos 6:22) Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto. (Mateo 5:48)
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