Ser santo significa ser «puro, consagrado, separado para Dios». Dios llama a sus hijos a vivir una vida de santidad la cual es posible gracias a la obra de Jesucristo. Él entregó su vida por nosotros para purificarnos y hacernos santos (Efesios 5:25-27). Pidamos a Dios que nos ayude a vivir en santidad. Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. (1 Pedro 2:9) Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. (Romanos 12:1-2) Escoger vivir en santidad es parte de nuestra adoración a Dios. Agradamos a Dios y alegramos su corazón cuando todo lo que hacemos, decimos o pensamos le glorifica a él. Nos sometemos a Dios y nos apartamos del pecado por amor y porque ese es el deseo de Dios para nosotros. Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo». (1 Pedro 1:15-16) Como tenemos estas promesas, queridos hermanos, purifiquémonos de todo lo que contamina el cuerpo y el espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación. (2 Corintios 7:1)
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