TIPOGRAFÍA
La escritura surgida en el XVI implica una redefinición de sus funciones debido a la convivencia con la tipografía. Afloran entonces, de manera paradójica, una gran cantidad de modelos: modelos masculinos o femeninos, modelos nacionales (ita liano del siglo XVI, francés del siglo XVII, inglés del XVIII) y estas formas se orientan hacia una funcionalidad pronunciada aplicándose en escritos de cancillería, de comercio, de cuentas, de finanzas, y progrsivamente es dominada por un espíritu matemático. La imprenta, que aísla la letra bajo la forma del carácter móvil, con tribuye extensamente a la disección de la caligrafía. Esta se convierte en un arte regulado.
A pesar del cuerpo de reglas y principios, aparecen hallazgos e invenciones imagi nativas, lúdicas, impetuosas, acampando primero en los márgenes antes de fun dirse con el texto en un regulada ósmosis. Encuentran su expresión perfecta en el regocijo y la exuberancia del rasgo suave e individual que invade márgenes de escribir en los escritos del siglo XVII.
Estas “licencias” de la pluma sin embargo, que aparecen desde la mitad del siglo de XVII, testifican una dialéctica permanente dentro de la escritura, entre el orden y la libertad. Todavía, en la pluma hay un territorio que escapa al espíritu científico equilibrado, es el espacio de la firma. Así como en los monocondilos, los razgos se mezclan en un bosque lírico de entrelazos, la mano de quien escribe escriba, en el momento de apuntar su propio nombre, parece presa de vértigo.
En todas las escrituras, la transcripción del nombre propio conduce a un fone tización del ideograma. La escritura se vuelve el rebus (todos no nos llamamos «Sr. Buey»!). Pero cuando se trata de escribir el nombre propio, la escritura parece entonces de nuevo volcarse hacia la pura señal. En la firma se unen el vértigo de un nombre a punto de convertirse en imagen, en un rostro imposible.
La escritura nace sobre la página: un espacio poco a poco reemplazado, cercado, garabateado, rozado, amansado, encorvado, embellecido, metamorfoseado por un instrumento que graba, marca, xilografía, imprime, traza la singularidad de cada letra y su sucesión en la cadena de signos de escritura. En el cumplimiento de este movimiento, de esa trayectoria que dejan los trazos, el instrumento es determinante; él permite dar a cada signo su apariencia, su simetría (si ella exis te), interrumpir el trazado o por el contrario, reunir las letras unas a las otras en un hilo continuo.
El aprendizaje del “ductus” de una letra o carácter permite obtener un trazado armonioso: indica el número de rasgos que deben realizarse, su espesor, su di rección, la intensidad y la rapidez del gesto según el estilo elegido, la altura y la forma de los signos. Revela también como hacerlos pasar uno junto a otro, como unirlos por las ligaduras, y como organizarlos en palabras, en frases. Sin embar go, la capacidad de invención de aquel que escribe, le permite proyectarse en un trazado, laboriosa o fácilmente, imaginar a partir de nuevos instrumentos la coreografía de las líneas, las grafías inéditas, deslizarse, danzar, apropiarse de la superficie tan minúscula como un grano de arroz, tan vasta como un muro o como la arena de una playa, tan rugosa como la corteza de un árbol, tan frágil como la transparencia del cristal, por un instante o para siempre, con el placer de haber elegido por sí mismo el espacio de su fantasía. “El menor trazado es un enigma”.
Cátedra Tipografía I - FAU - Universidad Nacional del Nordeste - http://tipografiaunne.blogspot.com.ar