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—Esta casa siempre fue oscura. —No era oscura. —Para mí sí.
esmentira?
—Había ventanas por todas partes. Me miró. —No estoy hablando de las ventanas. Encontramos fotografías en una caja
Mcon una seguridad que a i hermana dice que tuvimos una infancia feliz. Lo dice veces me desconcierta.“Éramos poveces discutían. Supongo que mi hermana ya estaba afuera esperando. Yo siempre tardaba en ponerme los zapatos. Quizás por eso escuché cosas que de zapatos. En una estábamos las dos frente a un pastel. —Mi cumpleaños de ocho —dijo. —Es el mío. —No. Mira el vestido.
bres, pero felices.”Siempre añade lo ella no escuchó. O quizás las escuchó
El vestido tampoco resolvió nada. Las segundo, como si la pobreza necesiy las olvidó.
dos habíamos usado la ropa de la otra.
Ella es dos años menor. Dos años no En otra fotografía aparecía papá carnunca la contradigo. No porque esté parecen mucho cuando una tiene cingándome. Mi hermana se quedó mide acuerdo, sino porque hace años cuenta. Pero cuando una tiene siete y rándola.
descubrí que discutir sobre los recuerla otra cinco, son dos universos. Yo fui
—Tú eras su favorita.
dos es una de las formas más inútiles la mayor.“Cuida a tu hermana.”“Dale
Aunque nosotras discutimos duranmucho tiempo pensé que esas frases
—Claro que lo pensabas.
te años. Yo decía que ella siempre hame habían hecho responsable. Nunca
—¿Qué quiere decir eso?
bía sido la consentida. Ella decía que pensé que también podían haberme
—Tú nunca veías las cosas que no te yo siempre había querido mandarla.
hecho resentida. Ella creció escuchanpasaban a ti.
Yo pensaba que mamá la protegía. Ella do otras:“Aprende de tu hermana.” La frase me molestó. pensaba que mamá confiaba en mí. “Mira qué bien lo hace ella.”“¿Por Yo estaba convencida de que papá le perdonaba cosas que a mí jamás me qué no puedes ser un poquito más como ella?”Yo no recordaba esas frahubiera permitido. Ella estaba convencida de que yo era su favorita. Cada una había construido una contabilidad secreta de lo que había recibido la otra. Ninguna llevaba la cuenta de lo que la otra había perdido. Ella recuerda el patio. Yo recuerdo la puerta. Ella recuerda que mamá cantaba mientras cocinaba. Yo recuerdo saber, por la manera en que ponía los platos sobre la mesa, cuándo no debíamos hablarle. Mi hermana recuerda los domingos y los helados que compraba papá. Yo también recuerdo los helados, pero antes de salir recuerdo a papá revisando cuánto había gastado mamá esa semana. A ses. Ella sí. Quizás porque las palabras que no nos hieren son las primeras que olvidamos.
Hace unos meses tuvimos que vaciar la casa de mamá. Había que venderla. Nuestra madre llevaba casi un año viviendo con mi hermana y las dos habíamos evitado aquella tarea como si mantener sus cosas en su sitio pudiera detener el tiempo. Llegué veinte minutos tarde. Mi hermana ya estaba allí.
—Como siempre —dijo. No pregunté a qué se refería. Con las hermanas ocurre algo extraño: pue-
—Ahora resulta que tú sufriste todo y yo vivía feliz. —Yo no dije eso. —Lo acabas de decir. —No. Eso fue lo que tú escuchaste. A veces dejamos de escuchar lo que alguien dice porque estamos demasiado ocupados contestando lo que dijo hace veinte años. Seguimos trabajando en silencio. Después encontró una taza rota detrás de unas cajas. —¿Te acuerdas? No. Me contó que mamá la había tirado contra la pared durante una discusión con papá. —Mamá nunca tiraba cosas. Mi hermana soltó una risa pequeña. —¿Ves? Si tú no lo recuerdas, entonces no pasó. —¿Dónde estaba yo? —Durmiendo. Después mamá vino a mi cuarto y se acostó conmigo. —No me acuerdo. —Porque no estaba contigo. La frase se quedó entre nosotras. Ya no hablábamos de una noche. Hablábamos de toda una infancia. Un rato después encontramos una manta amarilla. —Con esta me tapaba mamá cuando tenía fiebre. —Esa manta era mía. —No. —Sí. —Entonces sería de las dos. —No. Era mía. —¿Y qué importancia tiene? Me quitó la manta de las manos. —Esa es la diferencia entre tú y yo. Cuando algo era mío terminaba siendo de las dos. Cuando algo era tuyo, era tuyo. —Eso no es verdad. —Para ti no. —Tu versión. Siempre tu versión. Entonces dijo algo que probablemente llevaba años esperando decir:
Antonio Rodríguez, Toñejo Doralys Arroyo Evelyn Kapuschewaski Evelyn Linares Miguel A. Terán Rey Anthony Samira Rojas Yajaira Bustamante
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—¿Y la tuya qué es? ¿La verdad? Nos quedamos sujetando cada una una esquina de aquella manta amarilla. Dos mujeres adultas, en una casa casi vacía, peleando por un pedazo de tela que probablemente nuestra madre había comprado por cinco dólares hacía cuarenta años.
Pero nunca habíamos peleado por la manta.
Ivon Linares
Escritora, Conferencista y Coordinadora Logística